Sarmiento: el educador maleducado

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Mirado hoy desde la Patagonia , la figura de Sarmiento aparece muy desdibujada en su rol de político nacionalista, casi dejando en manos de Chile la Patagonia Austral. Y eso fue rigurosamente cierto, documentado por las notas periodísicas escritas por el sanjuanino, las cartas cruzadas con el héroe maragato Luis Piedrabuena y también por su accionar presidencial. La soberanía debajo del río Negro, fue uno de los puntos más flojos en la actuación pública del maestro argentino cuando le tocó dirigir los destinos de la República.
Sus comentarios xenófobos en contra de los aborígenes o los gauchos o su exagerado entusiasmo por industrialismo yanqui que por contraposición transformaba en desmedro de todo lo Argentino también son actitudes que hoy se ven altamente reprobables.
El episodio del asesinato del Chacho Peñaloza cuando el por entonces gobernador de San Juan instigó el acto primero y luego protegió a los autores materiales también deja en offside al creador de Civilización y Barbarie. Durante el largo gobierno de Juan Manuel de Rosas, a quien el sanjuanino odiaba profundamente, nunca se vio algo parecido. El restaurador de las leyes guardaba las formas, sus enemigos podían caer en lucha franca pero nunca una vez rendidos. Lo demostró con Jose María Paz y varios otros. Sarmiento (y Mitre, el instigador en las sombras) en cambio, autoproclamados defensores de la civilización contra la barbarie, se mostraron más bárbaros que los supuestos bárbaros. “No sé lo que pensarán de la ejecución del Chacho. Yo inspirado por el sentimiento de los hombres pacíficos y honrados aquí he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se abrían aquietado en seis meses» le dice el maestro a el creador del diario La Nación.
Su vida privada también deja bastantes inconsistencias, el abandono de la mamá de Dominguito, las incontables infidelidades, el amor prohibido con Dalmacia Velez Sarfield que duro treinta años, su gusto por las orgías de burdel en sus visitas protocolares a la vieja Europa marcan también un perfil algo desdibujado para la imagen que tenemos de un héroe.
Si a eso le sumamos que, tanto para la historiografía liberal, mitrista, como para gran parte del llamado revisionismo histórico de nuestra época, todo el proceso de modernización del país que se comienza a llevar a cabo afines del siglo XIX (la generación del 80) atado al modo de producción terrateniente, como país exportador de materias primas e importador de las manufacturas del imperio británico, se llevó a cabo cumpliendo el programa impulsado por Sarmiento, cabe preguntar entonces, ¿a quien celebramos cada 11 de septiembre?…
¿Al genio? ¿Al desaforado? ¿a un asesino? ¿Al alma mater del sistema educativo argentino? ¿Al papá del corazón, siempre muy presente en la vida de Dominguito, al punto de haberle dedicado un buen libro tras su muerte en la guerra del Paraguay o el que casi abandonó en manos de su hermana a su hija Faustina, un pecado de juventud? ¿Al modernizador del país? ¿Al entregador de la Patagonia? ¿Al grandísimo escritor? ¿Al genocida del Paraguay?
A todos un poco…
Sarmiento divide aguas entre los historiadores argentinos. Muy lejos de los próceres por excelencia de la Nación, San Martín y Belgrano, que son realmente un dechado de virtudes públicas con una que otra ojeriza en la vida privada, el sanjuanino es un volcán de emociones, contradicciones y acciones.
Tanto su vida pública y como la privada fueron signadas por un fuego inmenso que ni el mismo supo manejar, debido a ello supo granjearse enemigos y adoradores. Si quedó tan bien retratado en la historia como uno de los héroes nacionales fue porque Sarmiento jugó -queriéndolo o no- siempre para los verdaderos dueños de la Argentina que, ensalzándolo desde los ya dominantes medios de comunicación lograban perpetuarse mientras se autoglorificaban.
Paraguay
Pero lo más nefasto de la trayectoria de Sarmiento fue su accionar durante la guerra de la Triple Alianza, que enfrentó a la entente entre Argentina, Brasil y Uruguay contra el Paraguay, entre 1865 y 1870. Una guerra que respondió más a los intereses británicos de acabar con un modelo autónomo de desarrollo como el paraguayo, que podía devenir en un «mal ejemplo» para el resto de América latina, que a los objetivos de unificación nacional y defensa del territorio y guerra al «tirano» proclamados por sus promotores.
Brasil, la Argentina y el gobierno uruguayo impuesto por los primeros decidieron matar el ejemplo y dividirse las migajas. Pensaron que era fácil: ir, vencer, saquear y volver, pero la “tiranía” de los Solano López no pensaba igual.
Al asumir Sarmiento a la presidencia en octubre de 1868, la opinión pública pensó que se terminaría esa campaña de intrigas y falsedades; inclusive se pensó en la paz con López y la terminación de la alianza con Brasil, totalmente antipática para la mayoría del pueblo argentino, sobre todo en el interior.
Pero el sanjuanino abortó totalmente esa esperanza, y anunció que continuaría la guerra y la alianza que calificó de “necesaria, legítima y honorable”. Odiaba a Solano Lopez, y las razones de ese odio algunos lo buscan en que el mariscal paraguayo no quiso adquirir en el año 51 las propuestas pedagógicas de Sarmiento, que quiso vender en Paraguay a través de la imprenta de su yerno Julio Belìn.
Mucha sangre y millones le costó a la triple alianza destruir al “tirano” y junto con el al pueblo paraguayo. En una proclama de fines de 1869, sigue despotricando contra un pueblo que soportaba ya un lustro de guerra “la desacordada ambición de un frenético”… “de la cadena que quería detener el progreso humano en las bocas del río Paraguay” y de “los campos sembrados por la mano del absolutismo y cultivados por al ignorancia”. Se refirió a las tropas que regresaban como “los briosos batallones que volaron a servir de antemural con sus pechos para contener la oleada de barbarie con que un tirano horrible intentara sepultarnos”, imaginando virtudes donde solo había muerte “se habían medido dos civilizaciones distintas: el despotismo antiguo y la libertad moderna” .
La guerra sería al fin ganada, pero los verdaderos vencedores, a pesar de que los brasileros saquearon Asunción y el territorio paraguayo, fueron los británicos. Y lo reconoció Sarmiento en parte de su correspondencia: “…contaba con Ud. Y se lo repetía a todos, para empezar la acción contra la especulación que sigue va a arruinar a la república, haciendo subir los precios al doble de su valor de modo que cuando se dice 6 millones gastados en la guerra, se entiende que 3 millones están en los bolsillos de los proveedores”.
El educador se ponía nervioso, matar “bárbaros” le salía caro al país, primero lo esquilmaban los ingleses con los intereses de los prestamos y encima los “civilizados” proveedores del ejército le metían las manos en el bolsillo.
El colorario, ademàs del Paraguay destrozado y las arcas nacionales vacías se completó con una mala jugada del destino a los vencedores, karma dirían hoy: el regreso victorioso de las tropas trajo a Buenos Aires, en 1871, una terrible epidemia de fiebre amarilla contraída por los soldados en la guerra. La peste dejó un saldo de trece mil muertos e hizo emigrar a las familias oligárquicas hacia el Norte de la ciudad, abandonando sus amplias casonas de la zona Sur. Sus casas desocupadas fueron transformadas en conventillos.
Negros y blancos
Pero la historia es más compleja que blancos y negros y se puede mirar a Sarmiento como un hombre de su tiempo, muy contradictorio, no tan sólo desde su pluma, sino estudiando las políticas públicas que realizó o apoyó durante su vida pública, algunas elogiables y otras repudiables.
Entre sus aciertos, descartando por obvio su talento literario, pueden contarse, mientras presidía el gobierno el magnífico desarrollo de la educación pública y de los medios de transporte, se realizaron los primeros censos y se dio empuje a varios sectores económicos como las carnes congeladas y la vitivinicultura además de las innovaciones culturales. Una vez terminado su mandato presidencial, se enfrentó a la oligarquía que lo había llevado al poder y tuvo durísimos cruces con el tandem Roca-Juarez Celman que se preparaba para dominar el país, aunque el historiador Felix Luna ha instalado que el “zorro” del desierto, Julio A. Roca, se aprovechaba de la pasión del sanjuanino, dirigiéndola casi siempre hacia los enemigos del dos veces presidente de la república.
Lo cierto es que en sus últimos años el sanjuanino repudió esa supuesta tutela de clase y se divorció de la oligarquía que lo había cobijado y escribió, para la época, los textos más lúcidos contra ella. El problema que enfrentó Sarmiento –como en cierta medida su enemigo intelectual más importante, Alberdi- es que su proyecto de desarrollo nacional no se correspondía con la estructura social vigente y durante su presidencia no pudo transformar la base económica del país.
La Argentina que el educador soñaba sólo se lo podía llevar a cabo dotando a la Argentina de una importante industria local, siempre espejada en el creciente modelo norteamericano que el sanjuanino admiraba y quería trasladar a nuestras tierras. En sus últimos años se peleaba con los exponentes que sostenían que el modelo agroexportador era base material suficiente para lograr una nación fuerte.
Él Sarmiento del 80 expuso claramente los que el creía eran los dos ejes centrales para el desarrollo: una buena educación combinada con la mejor distribución de la tierra, casi un socialista: “Educación y nada más que educación; pero no me ando a poquitos como quisieran, sino acometiendo la empresa de un golpe y poniendo medios en proporción del mal”. Y siempre repudiando la consolidación del latifundio, que era la columna vertebral de la oligarquía terrateniente.
A pesar de todo y de si mismo, siempre fue un instrumento de mentes más ladinas (Roca o Mitre) que intentaban dirigir el fuego de Sarmiento para quemar a los ocasionales rivales en la arena política.
Final
El Sarmiento del final, desdibujado y sin poder, no dejó nunca de ser caótico e hiperkinético. Deseoso de escapar de los rigores del invierno porteño se embarcó hacia Asunción. El clima benigno le dio nuevos ánimos que lo condujeron nuevas peleas y nuevos rencores. Ya en el último bienio fue retado a duelo por un descendiente del Doctor Francia, creador del Paraguay independiente, que casi se convirtió en un grave incidente diplomático, en el que tuvieron que mediar ministros y presidentes.
Para definir a Sarmiento, habría que destacar su intensidad, era un hombre que lo que creía lo decía y lo sostenía con todos los medios que tenía a su alcance. Honesto siempre, lo que hoy se destaca en la historia como claros desaciertos suyos, era, para èl eran motivos de orgullo.
Esa humanidad avasallante, era su mejor virtud, junto con su talento como escritor, pero parecen poca cosa para pasar a ser uno de los próceres de la historia argentina. Su entronización al bronce de los héroes tuvo que ver más con necesidades políticas que por sus meritos propio.
Aurelia y Sarmiento
La historia machista de la argentina la califica como «la hija de» Dalmacio Vélez Sársfield, el jurista creador del Código Civil o como «la amante de» Sarmiento, pero la “Petiza” fue mucho más, escritora, operadora de avezado olfato político, mujer independiente -para la época-, ejemplo.
Se había casado, enamorada o no, a los 17 años con un primo, que loco, o no, mató a un secretario suyo al que encontró, o no, in fraganti con ella. Lo cierto es que el esposo, Pedro Ortiz Velez, tras el crimen devolvió a Aurelia a su padre y perdió esposa y reputación, para no meterlo preso lo declararon loco, pero se exilio en Chile donde siguió ejerciendo y fue uno de los primeros médicos que descubrieron las propiedades de las termas de Copahue (Neuquèn).
Libre nuevamente, Aurelia dedico sus días a oficiar de secretaria de su padre y cultivarse intelectualmente, hasta que el maduro sanjuanino, casado, comenzó a frecuentar la casa del jurista cordobés y el romance fue inevitable. Más de treinta años siempre interrumpidos duró el amor hasta que la muerte de Sarmiento ofició de corte final.
Años después escribió Aurelia Vélez: “París, noviembre de 1900. Acabo de recibir por correo varios ejemplares atrasados de La Nación. Después de mucho tiempo vuelvo a ver su nombre en letras de molde y estoy llorando. El titular dice que en el Paseo de Palermo se inauguró la estatua de Domingo Faustino Sarmiento. Se me congela el alma. Dios mío, no puedo imaginarlo convertido en bronce… Me parece justo que por fin reconozcan la dimensión de sus aportes al país. Me alegra que lo recuerden, pero a mí no me va a gustar ver su figura tiesa… Porque ese hombre fue mi hombre. Yo lo abracé y lo besé… Compartí sus incertidumbres y sus angustias, dudas y alegrías…”