Un mar casi siempre blanco en la pampa: la salina de Cagliero

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Por Redacción

En el extremo sur de la provincia de Buenos Aires, a unos 12 kilómetros de la localidad rural de Cardenal Cagliero, se extiende un vasto espejo natural que rompe con la monotonía de la llanura pampeana: la imponente salina conocida como salina de Cagliero o Salina de Piedras. Sus más de cinco mil hectáreas de superficie blanca relatan una historia que se remonta al siglo XIX y que combina naturaleza, economía, tradición y misterio.

De la naturaleza al comercio

La explotación de esta salina comenzó mucho antes de 1890, cuando Bahía San Blas —hoy balneario— funcionaba como un puerto de importancia regional y allí se enviaba por barco la sal extraída para consumo local y para usos industriales a la capital argentina. Con la llegada del ferrocarril a la región, el transporte se agilizó y permitió conectar este recurso natural con mercados más lejanos.

Hoy la salina es propiedad de la provincia de Buenos Aires y está concesionada a largo plazo a empresas privadas que se dedican a la extracción y comercialización del mineral. El campo salino ocupa alrededor de 5.000 hectáreas y su explotación se realiza bajo el ritmo marcado por la naturaleza y el clima local.

Producción anual y variabilidad natural

Según registros geológicos publicados por SEGEMAR, la salina de Cagliero tiene reservas estimadas en torno a 20 millones de toneladas de halita (sal común) con una producción anual promedio aproximada de unas 90.000 toneladas, en condiciones normales de humedad y secado.

Esa producción, aunque modesta frente a los grandes centros salineros del país, resulta significativa para la economía local. La cosecha se realiza en verano, cuando el agua se ha evaporado y la sal queda disponible para ser transportada en camiones hacia centros de refinación o hacia usos industriales y domésticos.

Este volumen productivo depende en gran medida de factores climáticos: años con lluvias abundantes multiplican la formación de salmuera y luego de cristales, mientras que en temporadas secas la producción puede verse reducida. Esa característica natural convierte a la salina en un recurso renovable que responde al ciclo de las estaciones y a las precipitaciones.

Un paisaje, un mito

Más allá de su valor productivo, la salina ha generado historias y relatos entre los pobladores cercanos. Uno de ellos remite al color rosa que adopta el espejo salino en ciertas épocas del año: en primavera y durante parte del verano, la proliferación de algas y microorganismos en la superficie del agua tiñe el paisaje de tonos rosados y violetas, un fenómeno que muchos lugareños y visitantes atribuyen popularmente a “el espíritu de la salina” que, según las creencias locales, “vigila la tierra y anuncia cambios en el clima”.

Para los habitantes de Cardenal Cagliero y zonas aledañas, esa salina no es solo un yacimiento natural, sino también un elemento de identidad regional. Historias de viajeros que aseguran haber visto “luces extrañas” o “vibraciones especiales” sobre la sal en noches de luna llena han alimentado relatos orales transmitidos de generación en generación, aunque sin documentación científica que los avale. Sea mito o tradición, esos cuentos forman parte del imaginario colectivo de la región.

Un recurso con múltiples usos

La sal extraída de la salina no solo se destina a usos comunes como el consumo humano o animal, sino también para aplicaciones industriales, como curtiembre y diferentes procesos productivos, lo que refuerza su utilidad económica más allá del paisaje.

En definitiva, la salina de Cagliero es un sitio singular del sur bonaerense: un recurso natural renovable con historia centenaria, producción anual relevante para la región y un aura de misterio que se mezcla con la ciencia y la tradición. En cada centímetro de su suelo blanco se condensa una historia de naturaleza, trabajo humano y mitos que siguen atrayendo la atención de quienes visitan o estudian este rincón de la pampa.