El proyecto del oleoducto Vaca Muerta Oil Sur (VMOS) —un conducto de 437 km que atravesará la provincia de Río Negro desde Allen hasta Punta Colorada— se erige como uno de los mayores hitos de infraestructura energética de la Argentina en décadas. Con promesas de miles de empleos, ingresos millonarios para la provincia y un nuevo rol como corredor de exportación, el proyecto genera ilusión… y también preguntas urgentes sobre impactos, equidad y control.
El consorcio VMOS S.A., integrado por YPF, Pan American Energy, Shell Argentina, Chevron Argentina, entre otras, apuesta por una inversión que supera los 3.000 millones de dólares para construir el oleoducto, con una capacidad inicial estimada de trasladar 180.000 barriles diarios, ampliable a 550.000 o más en etapas siguientes.
En materia de empleo y economía local, los datos previstos que aporte el VMOS son contundentes: más de 2.550 empleos directos y más de 5.000 cuando se suman indirectos, con entre el 80 y 85 % de mano de obra local, según informes provinciales.
El acuerdo firmado y ya en desarrollo incluye también aportes para el crecimiento territorial (US$ 60 millones de una vez), aportes comunitarios (US$ 40 millones anuales durante 13 años), canon portuario, tasas de control y ambientales, con estabilidad fiscal garantizada por 30 años.
Esperanzas en una época de crisis
A pesar de la crisis que vive el país, el emprendimiento genera en Río Negro empleo de calidad y el compromiso de que el 80 % de mano de obra sea rionegrina suma espectativas en los trabajadores del sector y su efecto derrame que ya se siente en localidades como Sierra Grande, Las Grutas y San Antonio Oeste ya sienten el impacto con nuevos comercios, más alquileres de vivienda para trabajadores, servicios de apoyo que se multiplican.
Los ingreso para la provincias para la provincia también se verán engrosados: los cánones, aportes y tasas comprometidas suman a más de US$ 1.000 millones para Río Negro en los próximos 13 años.
No todas son rosas
Hay voces dentro de la provincia que ven con preocupación el avance del VMOS. Es que si bien la obra impulsa empleo y actividad, el modelo sigue siendo el de exportar crudo. ¿Qué valor agregado hay en el interior de la provincia? ¿Cómo se asegura que no sea solo tránsito de recursos sin transformación local?
Además siempre está el miedo sobre el impacto ambiental de la obra. Aunque la provincia ya lleva a cabo inspecciones y relevamientos (por ejemplo en la estación de bombeo de Allen) la dimensión de la obra —cruces de canales, rutas, costa atlántica, grandes tanques de almacenamiento, carga de barcos— exige un seguimiento riguroso. ¿Se están evaluando todos los riesgos?
El oleoducto VMOS en Río Negro representa una oportunidad histórica: no solo para la provincia, sino para el país. El tren de desarrollo que abre puede marcar el paso para que la región se enlace a cadenas globales de valor. Pero esa oportunidad no es automática: exige rigurosidad en el cumplimiento de los acuerdos, transparencia, acompañamiento social, diversificación y vigilancia ambiental.
Si se logra convertir la promesa en realidad —con empleo genuino, desarrollo local, impacto equilibrado— Río Negro podría salir de los márgenes para ocupar un lugar destacado en el mapa energético de Argentina. Pero si se descuida alguno de los factores críticos, la ilusión puede diluirse en “lo que podría haber sido”.
En la meseta rionegrina, cientos de kilómetros de cañerías, tanques y soldaduras se levantan contra el viento patagónico. Pero el verdadero valor de esta obra no estará en el metal, sino en cómo transforma vidas —de operarios, familias, pymes y comunidades—. Que la esperanza sea el motor, y la crítica el freno que evite descarrilar.

























