Cuento x Alejandro Martinolich
A 43 años del hundimiento del ARA General Belgrano
“Las defensas antiaéreas, manejadas con gran precisión por los valientes soldados argentinos, defensores incorruptibles de la Soberanía Nacional, han derribado en la mañana de hoy dos aviones tipo Sea Harrier de las fuerzas invasoras…”
El locutor de la radio interrumpió una vieja canción folcklórica que se tomaba revancha de una década de ostracismo para arengar al pueblo que, receptor por medio, seguía con atención lo que sucedía allá lejos… bien al Sur.
Toda la familia aglutinada alrededor de la radio de amplitud modulada festejó jubilosamente la noticia. El padre de Gonzalo gruñó con satisfacción –estos milicos por lo menos sirven para la guerra- y encendió raudo el televisor; en la pantalla, Gómez Fuentes aparece sonriente para dar las buenas nuevas.
Todo había comenzado en abril, o antes…
Gonzalo tenía nueve años y la guerra se le antojaba muy lejana. No era como en las historietas de la Tony o la Nippur, en las cuales el enemigo destrozaba la puerta con la culata de sus rifles para arrestar –por fin- al Capitan Nadie que en la viñeta anterior se había escapado por la ventana de atrás. Esta guerra pasaba muy lejos y él era muy pequeño para ser el Capitán Nadie.
De cualquier manera, era “nuestra” guerra y cuando jugaban en el Barrio él era Costa Mendez porque hacía alianzas para derrotar a Tito, que tenía pistolas de sebita y además era muy canchero. El flaco era Menendez porque custodiaba la casa abandonada que oficiaba de cuartel general y el Cabezón era Galtieri, autoproclamado líder de ese pequeño estado mayor.
Y esa guerra siempre la ganaban ellos en el pequeño pueblo del norte de la Patagonia, siempre gritaban primero el temido “muerto” y Tito se enfurecía por no haberlos visto llegar desde el lado del canal chico.
Pero jugaban menos ese otoño que ahora, muchos años después se antoja frío y triste, aun sabiendo que no fue tan así. Jugaban menos porque miraban más televisión ya que ATC pasaba la guerra en vivo y en directo y querían ver “como le metemos la corona en el culo al principito ese que venía con la flota”.
Y cuando llovía en ese abril cientos de barquitos de papel eran concienzudamente destruidos por andanadas de pedradas exocet.
-Estamos ganando fácil, che… -los tres niños se habían reunido en el cuartel general cerca de una laguna llena de gallaretas. El cabezón hablaba muy seguro y miraba con suspicacia a Gonzalo.
Este, había descubierto que girando apenas el dial, se capturaba una radio de Montevideo en la cual no se cansaban de repetir que cuando la flota inglesa se desarrollara todo su poderío, la Argentina no podría mantener sus posiciones. –Son trampas, bolas… programas que hacen los ingleses para desmolizar a los nuestros… Ché, que me lo dijo mi papá- acotó el flaco para reforzar los conceptos del cabezón.
-Pero mirá que leí en la Gente que en los barcos vienen los gurkas, que son asesinos, pero asesinos en serio, eh! – Y Gonzalo defendía sus dudas aunque las quería arrancar de su mente, porque, aunque los otros no hubieran visto las caras refeas en las fotos color, quería y necesitaba sentir la misma confianza que sus amigos sobre la marcha de la guerra.
_Las bolas le van a cortar a esos gurkas cuando los agarren los correntinos, te lo juro por esta cruz-. El cabezón cruzó los dedos sobre su boca y la charla se terminó. Las gallaretas habían llegado a la laguna y las hondas tenían gomas nuevas.
Un día el pueblo se llenó de soldados. Venían a la entrada misma de la Patagonia y la guerra mataba muy lejos. Algunos sintieron miedo –para ellos la presencia de las tropas confirmaba la posibilidad de un ataque continental-; otros se sintieron respaldados, cuando vinieran los invasores las fuerzas defensoras los detendrían sin problemas, pero la mayoría se sintió importante: “somos un punto clave”, “todos los caminos se cruzan acá”; “la tubería de gas, che… si los ingleses la hacen explotar en Buenos Aires se cagan de frío”.
Para los pibes comenzó una etapa diferente. Ya todos jugaban a la guerra, en detrimento del fútbol, que siempre fue el favorito y hasta San Martín resignó su sitial de héroe favorito para dar lugar a esos nombres que es mejor olvidar.
En el aula un día, todos los varones leyeron –y eso era muy difícil de lograr- las crónicas de las revistas que relataban como un misíl bravío había herido de muerte al poderosísimo Sheffield.
Palito Ortega vino a cantarle a los soldados y Gonzalo canturreó una semana el estribillo de La Felicidad, además de recorrer todo el pueblo ayudando en la colecta que organizó el municipio y, aunque la radio de Montevideo o emisora inglesa seguía desparramando al éter sus mentiras, se sentía un poco más confiado.
Y las pocas dudas que le quedaban a Gonzalo se acabaron el día en que la escuela organizó una visita al camping municipal donde se había asentado la división del ejército. “-¡Cómo vamos a perder la guerra! -pensó Gonzalo- si todo está tan ordenado y tan camuflado, las armas tan nuevas, las municiones tan lustrosas, las caras tan afeitadas y las ropas tan límpias”
Pero sobre todo por los tanques anfibios, que paseaban a los niños de una orilla a otra y los volvían a traer por debajo del agua. Y aunque no se viera nada para afuera, era todo tan real, los controles, el volante como de avión, las ruedas orugas y sobre todo el cañón que emergía amenazante del fondo del río y era jubilosamente recibido por los niños que aún no habían hecho el recorrido.
Al otro día hundieron al Belgrano. Fue la única vez que Gonzalo vio correr una lágrima en las mejillas de su padre y adivinó instantáneamente que la guerra estaba perdida. No le dijo nada a nadie pero ya escuchaba todos los días la radio uruguaya.
El día de la rendición de Puerto Argentino, el cabezón, el flaco, Gonzalo y también Tito, que se estaba haciendo amigo, jugaban con los soldaditos de plástico. Al locutor se le quebraba la voz mientras daba la noticia. Sin hablar se pusieron a juntar los soldaditos, solo dos enemigos quedaban de pie.
Gonzalo los acomodó despacio en la parte trasera del baúl de los juguetes, revolvió un poco y sacó una reluciente número cinco que le habían regalado en su último cumpleaños.
Salieron a la calle, caminaban despacio. “Vamos a tener que limpiar la canchita –dijo el cabezón con desgano- está llena de yuyos secos”.
“No, mejor mañana –Gonzalo caminaba dándole pequeños toques a la redonda- hoy jugamos a los penales en un solo arco.























