UnTER: salarios que se achican, posiciones que se endurecen

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Hoy cobraron los docentes en medio de un conflicto que volvió a instalar una escena conocida en Río Negro: paros, negociaciones tensas y un inicio de ciclo lectivo atravesado por la incertidumbre. Pero detrás de la repetición del conflicto hay un dato concreto que explica buena parte del malestar: el salario docente lleva más de medio año sin recomposición real.

La última actualización importante se produjo en agosto del año pasado. Desde entonces, el tiempo pasó y la inflación también. En la Argentina reciente, seis meses sin aumentos equivalen a una pérdida significativa del poder adquisitivo.

Si se toma como referencia el proceso inflacionario de los últimos meses, la ecuación es sencilla: aun con una desaceleración respecto de 2024 —cuando el índice de precios superó el 200% anual— el costo de vida siguió aumentando. En un escenario donde la inflación mensual osciló entre el 2% y el 4%, un salario congelado durante medio año significa una pérdida de entre un 15% y un 25% de su poder de compra.

No hace falta demasiada teoría económica para entender el impacto en la economía de cada educador. Alquileres, alimentos, transporte, servicios básicos: todo sigue subiendo. Cuando el ingreso permanece quieto, el resultado es inevitable.

Por eso el reclamo docente tiene un punto de partida difícil de discutir. La recomposición salarial no es un privilegio ni una concesión política: es una necesidad si se pretende sostener un sistema educativo estable.

Río Negro supo exhibir durante varios años salarios docentes relativamente competitivos dentro del mapa nacional. Pero esa ventaja se evapora rápidamente cuando la inflación avanza y los ingresos quedan retrasados.

El gobierno provincial tiene responsabilidad directa en esa situación y la negociación salarial no puede quedar atrapada en la lógica de los tiempos administrativos ni en ofertas que llegan tarde frente a una inflación que no espera, si bien la propuesta de aumentar automáticamente según el IPC (índices de precios al consumidor) parece acertada.

Pero el escenario tampoco puede analizarse sin observar el comportamiento del sindicato.

La conducción de la Unión de Trabajadores de la Educación de Río Negro (UnTER) parece haber optado por una estrategia de endurecimiento que, por momentos, reduce los márgenes para una negociación eficaz. La confrontación permanente puede fortalecer el clima interno del gremio, pero no siempre mejora las condiciones para alcanzar acuerdos.

La historia de los conflictos docentes en Argentina muestra algo con bastante claridad: los aumentos salariales se consiguen con presión gremial, pero también con negociación política. Cuando una de esas dos variables desaparece, el conflicto se vuelve más largo y más estéril.

Río Negro parece estar entrando otra vez en ese terreno conocido donde cada parte refuerza su discurso mientras la solución se aleja.

El gobierno demora respuestas de fondo. El gremio endurece posiciones. Y en el medio queda la escuela pública, atrapada en un conflicto que se repite con demasiada frecuencia.

Resolver la discusión salarial no debería ser un gesto de debilidad política ni una victoria sindical o viceversa. Debería ser simplemente una decisión racional.

Porque mientras el salario docente pierde valor y las posiciones se vuelven cada vez más rígidas, la educación pública vuelve a pagar el costo de un problema que la política todavía no logra resolver.

Y en educación cuando el tiempo pasa sin acuerdos, lo que se deteriora no es solo el salario: es el futuro.