Ceferino: más indio que santo

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Aunque este año no lo permitió la pandemia, cada 26 de agosto una multitud de creyentes se junta en Chimpay para recordar el nacimiento del “Indiecito Santo de la Patagonia”. Son miles de fieles se aglutinan en las riberas del río Negro buscando la protección, pidiendo intervención o agradeciendo al beato de origen mapuche.

El mito está arraigado y en continuo crecimiento. Cada vez son más quienes se cobijan bajo el escudo protector de Namuncurá, una expresión de la religiosidad popular patagónica y de gran parte de la Argentina. Pero también es cierto que la figura de Ceferino es cada vez màs controversial. La Iglesia, que acompañó a los ejércitos nacionales en las matanzas de aborígenes, desde siempre utiliza y realza la figura de Ceferino como una forma de justificar el exterminio del pueblo mapuche.

Para algunos de los descendientes de esta raza en cambio, Ceferino es hoy un símbolo, una prueba de una crueldad planificada, del contubernio entre la iglesia, el estado argentino y el ejército, que arrancaron de su tierra y su familia por la Iglesia a un niño, al que lo terminan llevando a Roma, donde muere a los 18 años de tuberculosis, una de las enfermedades contagiadas a los pueblos originarios por soldados y misioneros y que contribuyó a diezmarlos.

Hace 134 años

Ceferino nació en Chimpay el 26 de agosto de 1986, donde su padre, el cacique Manuel Namuncurá, había instalado sus tolderías después de rendirse a las tropas militares que comandaba el general Julio Argentino Roca. Su madre, Rosario Burgos, chilena, era una de las varias mujeres de Namuncurá, polígamo confeso como era costumbre entre los jefes mapuches. Quienes cuentan la vida de Ceferino no se ponen de acuerdo en que si era el tercero, el sexto o el noveno hijo del Lonko.

Tenía casi once años cuando abandonó la toldería para ir a Buenos Aires. Como era habitual en aquella época con los hijos de caciques, fue enviado a la capital nacional para estudiar. Ceferino entró primero en la escuela de oficios de los Talleres de Marina, en el Tigre donde no duró mucho. Para la historia oficial el futuro beato no se habría adaptado y pidió a su padre que lo cambiara a otra escuela, para la historia de la raza vencida, las humillaciones y vejaciones que sufrió el indio por parte de otros alumnos hicieron obligatorio el cambio.

Por “recomendación del presidente Luis Sáenz Peña”, Ceferino ingresó como pupilo al colegio salesiano del barrio porteño de Almagro. Hacia 1901, cuando estaba terminando la primaria, ya exhibía los primeros síntomas de la tuberculosis que lo llevaría a la tumba. Tras un paso por el colegio San Francisco de Sales, de Viedma, en 1904 lo mandaron a Italia, en busca de una cura para su enfermedad y para profundizar su vocación sacerdotal. Allí fue recibido por Pío IX, donde los relatos de época destacan la complacencia del Papa al escuchar al indiecito hablar en italiano.

Escondiendo la madre

Pero hay otra historia. Según algunos historiadores, para esquivar el celo de la Iglesia Católica en cuanto a la poligamia y a los hijos naturales, Ceferino se vio obligado a mentir sobre su madre, porque no era la esposa legítima de su padre y la tuvo que ocultar si quería “progresar” en el Vaticano. En las cartas que le enviaba regularmente desde Roma la nombraba como ama de leche, porque para aspirar a una carrera sacerdotal tenía que tener una familia dentro de los cánones eclesiales.

Rosario Burgos, la compañera de Manuel Namuncurá, considerada tercera en la cronología marital del cacique, que era apenas una adolescente cuando el cacique la eligió en Lonquimay, Chile, o la tomó cautiva durante un malón, según se lo contó ella misma al salesiano Pedro Pasino en 1938 cuando la fotografiaron en Junín de los Andes, fue la madre de Ceferino.

El sometimiento de Manuel Namuncurá en la campaña del desierto no incluyó el de la conversión al cristianismo. Poseía desde 1891 las tierras que les fueron adjudicadas en San Ignacio, cerca del río Aluminé y de Catan Lil. Ya viejo meditó convertirse a la religión imperante, a la que se había resistido antes por lo monogámico del catolicismo. El bautismo fue el 12 de febrero de 1900 a los 89 años, cuando formalmente se casó, pero no con la Burgos de 34, sino con Ignacia Rañil, de 38 (ante el juez A. Lizarraga reconoció doce hijos). La mamá apenas pudo cuidar de Ceferino en su primera infancia.

Namuncurà padre había cedido ante el poder eclesiástico-militar y había repudiado a sus otras dos mujeres. Se había casado con la primera y la madre de Ceferino se refugió en la tribu de Yanquetruz donde posteriormente se casó con uno de los Coliqueo. Rosario Burgos peregrinó por Comallo, Tres Morros, Zapala y Anecón Grande. En 1932 murió Coliqueo y ella aceptó vivir en San Ignacio con su hija Clarisa, hermana de Ceferino. Hoy los restos del beato descansan junto a los de sus familiares.

Menos o màs indio

En Italia, Ceferino murió en tras una penosa agonìa en 1905. Durante años la Iglesia apenas si lo registró por lo que su historia no era conocida a principios de siglo. Quedó olvidado en una tumba italiana, hasta que por la gestión del salesiano Adolfo Tornquist, hijo de uno de los principales cómplices civiles del genocidio indígena, sus restos son repatriados en 1924. Tornquist se entera de la historia de Ceferino y descubre su tumba poco antes de que sus restos fueran a una fosa común. Desde la repatriación la figura del chimpayense comenzó a agigantarse y a calar hondo en los fieles católicos de la Patagonia.

La congregaciòn Salesiana entonces, se apropió de su figura y editó sus primeras biografías ilustradas, impresas entre los años ’30 y los ’60. Según la originalidad de los artistas contratados se desdibujan los rasgos su rostro indígena. Hay en estas ediciones pocas fotos reales, son casi todos dibujos, y las imágenes reales que aparecen cada tanto son retocadas, y su cara se muestra más blanca de lo que en realidad era, menos cobriza. La vestimenta es importante, siempre lo muestran con traje, con el pelo engominado, parece Gardel. Es decir, la iglesia lo presenta como un indígena argentino superador de sus ancestros, del malón, del indígena bárbaro porque ha sido educado por los salesianos.

Cuando se compara esas ilustraciones de Ceferino con las fotos originales de él de 1904  se observa que los dibujos tienen poco que ver con su verdadero rostro.

Este concepto empieza a cambiar a partir de la década del ’70. Aparecen más fotografías en sus biografías y el discurso clerical también se modifica. La iglesia y sus satélites lo muestran cada vez más aborigen, se reafirma su origen, se lo muestra con poncho. Hay una mapuchización de su figura, y esta no es gratis, responde a una época de revisionismo de la historia después de la conquista al desierto.

Es que en los elementos de la transformación del joven Namuncurá en el “santo” Ceferino que jalonan los primeros relatos de la vida del joven, advertimos que sus viajes –a Buenos Aires en 1897 para educarse en el colegio salesiano, y a Italia en 1904 para seguir sus estudios como seminarista- son contadas como “imágenes fuerza”. Estas proponen una ruptura con su propio pasado, y en consecuencia con la historia indígena de la Patagonia, y una resignificación de su presente en función de un proyecto de nación unificada, católica y homogénea.

“El extinto araucano”, la “Agonia e sublimazione di una razza”, publicaciones relacionadas con los viajes de Ceferino, relatan que tras su partida deja atrás “su herencia de sangre, de latrocinio y de vicios”. Su muerte temprana es interpretada como “un castigo a sus padres y a su raza, un castigo que él paga como pagó Jesucristo los pecados de la Humanidad”. En esa línea, en “El santito de la Toldería” de Manuel Gálvez agrega a la idea de extinción la de “redención racial”, que reaparecerá en la Revista Esquiú “Ceferino líder juvenil”. Los viajes, entonces, no sólo aparecen como un desplazamiento en el espacio sino fundamentalmente como un desplazamiento ontológico del propio Ceferino, quien a la vez resume, en una una nueva versión de la historia indígena.

La iglesia querìa mostrar que Ceferino, “encarna la esperanza de una raza abatida”, lo que queda de un pasado glorioso pero extinto.

Lo logrò.