Perito Moreno: mi amigo, el enemigo

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1673

Hoy se cumplen 100 años de su muerte.

Es el Perito Moreno otro de los “pròceres” que nos impuso la generaciòn del 80 desde las reminiscencias del Mitrismo, que creía que contando un país distinto al que realmente era, construían una historia que los dejaba bien parados. “Patriota, visionario, pionero, explorador, héroe civil, poeta de la naturaleza” cuenta La Naciòn de 1919 en su nota necrològica que sigue ensalzando: «geógrafo sin cartas, geólogo sin laboratorios, topógrafo sin instrumentos, con las manos limpias, pero con el corazón contento a pura juventud, Pancho Moreno galopó hacia el desierto, se entendió con las tribus bárbaras, recorrió miles de leguas en la soledad sombría, repechó montañas, cruzó ríos a nado y a saltos los torrentes, caldeó su sangre en el rescoldo de los volcanes y cuando repletó su alma con emociones inauditas, regresó al poblado trayendo la clave de la patria futura. Ahí está su gloria».
Pero el Perito fue mucho más y mucho menos que eso. Un naturalista autodidacta con una vocación marcada desde pequeño y un enamorado de las maravillas naturales de la Patagonia, el artífice de los límites con Chile y el iniciador de los Parques Nacionales de Argenina, pero también un saqueador de cementerios y el encargado de intentar justificar cuasi científicamente la aniquilación del aborigen, ya sea chaqueño o patagónico o un “enviado” que ofició de informador a Roca para su genocida campaña del desierto.
Lo cierto es que Francisco “Pancho” Moreno había nacido en una rica familia porteña el 31 de Mayo de 1852. Su padre fue Francisco Facundo Moreno Pisillac, un porteño patricio que acababa de regresar a Buenos Aires, después de la Batalla de Caseros, tras haberse exiliado en Uruguay, por su oposición a Juan Manuel de Rosas. Su madre, en tanto, era Máxima Juana Thwaites Rubio, hija del oficial británico Joshua Thwaites Gibson, que fuera capturado durante la Segunda Invasión Inglesa al Río de la Plata, allá por 1807y que, concluídas las hostilidades con Gran Bretaña, el prisionero castellanizó su nombre a Josué y decidió quedarse en estos lares. Dos décadas después, se casó con una porteña de dieciocho años (Juana Fernanda Luciana Estanislada Rubio de Velasco Ribero), de cuyo matrimonio nacería, ese mismo año, la mamá del perito.
Tras su primera infancia, influenciado por la figura de una tía aficionada a los viajes y a la recolección de los más diversos objetos que iba hallando por los caminos, el joven Moreno se vio atraído por la panteología y la geología.
Desde entonces empezó a juntar una amplia variedad de objetos que le llamaban la atención, sobre todo: fósiles que hallaba en sus distintos viajes al campo.
Al poco tiempo, ya había reunido una considerable cantidad de elementos, tanto que su padre decidió darle un lugar en la casa familiar para que instale su colección. Tenía poco más de once años cuando junto con sus hermanos fundó el “Museo Moreno”.
Hacia 1867 , pese a su carácter rudimentario, el museo había adquirido ya un renombre en la pequeña comunidad científica porteña. El propio director del Museo Público, que era pariente suyo, y además fue su maestro, Germán Burmeister, visita el museo y le pide que le facilite algunos especímenes, para exhibirlos en el establecimiento público, para sorpresa y beneplácito de Francisco. Uno de estos objetos era una mandíbula de un fósil desconocido, al que le dio el nombre de «Dasypus Moreni» en honor del futuro perito.
Cuando la fiebre amarilla mató a màs de 14.000 porteños, entre ellos la mamá del Perito, para evitar nuevos contagios, los Moreno se mudaron a la estancia Vitel, cerca de la laguna de Chascomús. Su estadía en ese lugar fue de significativa influencia para Moreno, que contaba con sólo diecinueve años. Allí encontró gran variedad de fósiles; que clasificó y estudió. Muchos de ellos (entre los que destaca el caparazón de un gliptodonte) se exhiben hoy en el Museo de La Plata.
En 1872, Francisco publica su primera obra científica y un amigo suyo, el famoso coronel Luis Fontana, desde Carmen de Patagones, le remite restos antropológicos y paleontológicos hallados en el valle del Río Negro, despertando la curiosidad de Moreno sobre una región inexplorada, hasta entonces, y en la práctica, no sometida a la soberanía argentina. Su padre, entusiasmado con los logros de su hijo, le obsequia un edificio de más de doscientos metros cuadrados, en una quinta de Parque Patricios, para que instale allí su «Museo Moreno»; por haberle quedado chico el altillo de la vieja casa familiar.

La Patagonia

Los relatos del amigo militar entusiasmaron a Moreno, que se propuso estudiar la geología, flora, fauna e historia natural de la Patagonia. En 1873, realiza el primero de sus viajes a la zona, llegando en abril llega a Carmen de Patagones. En los alrededores halla sesenta cráneos, mil flechas, puntas de lanza y piedras talladas. El perito Moreno inicia, así, los estudios antropológicos en la Patagonia. No consiguió adentrarse más allá del Río Negro, pero recorrió los cementerios descubiertos por el profesor Pelegrino Strobel siete años atrás. Sus estudios fueron publicados en París, con gran repercusión en Europa, generando un inusitado interés por estudiar a los indígenas patagónicos. Bastó ese primer viaje para que el perito Moreno se enamorara de la Patagonia.
El segundo viaje lo realiza un año después. En este viaje llega a la desembocadura del río Santa Cruz, en la actual Provincia de Santa Cruz. En 1875 fue el primer “blanco” en llegar al lago Nahuel Huapi y su zona de influencia desde el Atlántico, con las limitaciones de los medios de transporte de aquella época, realiza el relevamiento del Río Negro recorriéndolo aguas arriba..
Otra vez en Santa Cruz, a caballo, a pie con condiciones climáticas adversas recorre gran parte del hoy Parque Nacional los Glaciares, durante más de cinco meses llegando a Punta Bandera donde enarbola, el 13 de marzo de 1877 nuestra enseña Patria, y da el nombre al Lago Argentino. “Hoy que la humanidad te conoce te llamarás Lago Argentino para que nadie dude cual es tu origen”.
En 1879 siguiendo los pasos de Darwin en la expedición de Fitz Roy, regresa a la desembocadura del río Santa Cruz, donde realiza el relevamiento de todo su recorrido aguas arriba llegando hasta sus nacientes. En el mismo año fue nombrado jefe de la Comisión Exploradora de los Territorios del Sur.
Con el último viaje en 1912 acompañando a Teodore Rosselvet, ex presidente de Estados Unidos que quería conocer la Patagonia, terminan las visitas del Perito a la zona. Planificaba una más, estaba buscando fondos para realizarla, cuando lo sorprendió la muerte.
La de la Patagonia y el Perito es una de historia de amor correspondido. La tierra abrió sus recovecos más hermosos para mostrárselos a un hombre que desde entonces se desvivió por ella.


“Huinca traidor”

Cuando el Perito se asomò a nuestra Patagonia, estas tierras estaban ocupadas. No por el hombre blanco que apenas habìa hecho pie en las desembocaduras de los rìos principales -Negro, Chubut y Santa Cruz – sino por las seminòmades tribus mapuches-tehuelches.
Moreno traba amistad con ellos. Las tribus de la costa eran màs pacìficas y estaban màs acostumbradas al trato con balleneros y barcos que pulululaban las costas patagònicas, Sobre la precordillera, eran comunidades un poco (apenas) màs belicosas. Generalmente, cuando Moreno llegaba a las tolderìas,era bien recibido, aunque en algunas oportunidades chocaba por alguna minucia con algunos aborìgenes y era protegido, ya sea por Modesto Inacayal, cacique tehuelche que habìa jurado la bandera argentina o por Sahiueque, el señor de las manzanas.
Junto a Foyel, Inacayal fue uno de los lugartenientes de Sayhueque y siempre tuvieron tratos cordiales con los blancos asentados en Patagones y con la colonia galesa de Trelew. La situación cambió hacia 1884 cuando el Estado argentino, decidido a “conquistar el desierto”, arrinconó a los pueblos indígenas. En octubre el grupo encabezado por Inacayal y Foyel fue atacado, algunos dicen a traiciòn. Treinta murieron y los demás terminaron prisioneros. Los niños fueron repartidos entre familias bien, las mujeres empleadas en tareas domèsticas y los indios adultos fueron a enviados a picar adoquines a la Isla Martìn Garcìa.
El antiguo “amigo” rescatò a Modesto Inacayal del cautiverio en el año 86 y lo llevò a vivir al recien inaugurado museo La Plata, junto a su familia. La correspondencia hace aparecer a Moreno lleno de humanidad preocupado por el destino de quien lo habìa ayudado en el pasado pero la realidad era otra.
Una noche en el museo
Moreno se jactaba de haber formado “la serie antropológica patagónica más importante que existe”, una colección que iba “desde el hombre testigo de la época glacial hasta el indio últimamente vencido”. Más aún: “tenemos ya en el Museo representantes vivos de las razas más inferiores (…) Estos indígenas se ocupan de construir su material de caza, pesca y uso doméstico mostrándonos los procedimientos empleados para vencer en la lucha por la existencia en los rudos tiempos del comienzo de la sociabilidad humana” señala el escritor platense Daniel Badenes, desnudando las verdaderas intenciones del “pròcer”.
Pero no sòlo fue exhibirlos como piezas de museo, perimitir que los fotografìen desnudos (algo aberrante para las costumbres del aborìgen), recortarle la comida cuando no querìan trabajar, obligarlos a convivir con los restos de sus seres queridos expuestos en las vitrinas fueron algunas de las torturas que Moreno ordenò en “nombre de la ciencia”.
La verdad era que Moreno era un racista que, usaba un tono paternalista cuando querìa obtener algo de ellos o uno màs duro, cargado de tecnisìsmos cuando se dirigìa a pùblicos màs doctos para hablar de mapuches y tehuelches.
Su verdadero fin era mejorar su museo. A medida que sus “amigos” morìan eran diseccionados, descarnados y exhibidoas en frascos y vitrinas. Para quienes dicen que era una costumbre de la época cabe aclarar que ya en aquella época habìa crìticas: la conducción del Museo no gozaba de una aceptación indiscutida: “Cuando mueren, los descarnan y pasan a formar parte de colecciones, en los diarios hay voces críticas”. Y si la prensa de la época cuestiona, tan común no era.
El escritor español Federico Rahola visitó La Plata en 1903 y plasmó en el papel la “honda impresión” que le produjo la exposición de cráneos, “hablándonos de la capacidad intelectual y de las condiciones étnicas de los hombres que hasta ayer defendieron su suelo nativo del invasor, reducidos a mera curiosidad arqueológica. Los despojos de los indios que murieron en las luchas libradas para la conquista del desierto por los generales Roca y Villegas, los cementerios que conservaban los restos de sus antepasados en la proximidad de sus tolderías, están agrupados y clasificados en vitrinas, dándose el caso insólito de un pueblo sacrificado en aras de la civilización, desposeído de su suelo, cuyos restos han servido luego para formar colecciones de un museo zoológico. Vivo todavía el recuerdo de la lucha, los sabios estudian ya fríamente aquellos cráneos cual si fuesen de una raza prehistórica”.
Inacayal, digno, se negó a resignar su identidad y siguió en cautiverio. Fue medido, pesado, fotografiado, estudiado, utilizado como sirviente y expuesto a los curiosos nacionales y extranjeros mientras pedìa volver a su tierra y nunca era escuchado. Un dìa se canso y segùn Clemente Onelli, asistente de Moreno, cuenta «se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso, dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol, otro larguísimo hacia el sur y habló palabras desconocidas para quien no entiende el idioma tehuelche» y muriò. Màs de un siglo tardò el museo en devolverle los huesos a los descendientes del cacique. Para completar la vergüenza, en 1994 les entregaron los huesos, pero en una revisiòn posterior, descubriò que en el museo quedaba aùn el cerebro y la cabellera, que fueron restituidos en 2006, hace sólo una dècada.
“Pobre y olvidado”
La prensa dominante, hace referencia permanentemente a que Moreno murió pobre y olvidado. Icono por audacia personal de la Generación del 80 y de la aristocracia porteña, el perito no congenió con los radicales elegidos soberanamente en 1916.
Nació rico y se fue pobre, sus bienes fueron rematados en el 20 para pagar sus deudas y se lo ve quejarse en sus cartas: “¡Cuánto quisiera hacer, cuánto hay que hacer por la patria! Pero ¿cómo, cómo? ¡Tengo sesenta y seis años y ni un centavo! ¿Cuánto valen los centavos en estos casos…? ¡Yo que he dado mil ochocientas leguas a mi patria y el Parque Nacional, donde los hombres de mañana, reposando, adquieran nuevas fuerzas para servirla, no dejo a mis hijos un metro de tierra donde sepultar mis cenizas!”. Pero se adivina sobreactuado.
Tres años antes de su muerte era un importante funcionario público, y ocho años antes lo habían elegido diputado. En 1905 había vendido 22 de las 25 leguas cuadradas de tierras fiscales que el estado le concedió como pago por su trabajo de perito. Las tierras podían ser en el lugar de Rìo Negro o Neuquèn que el perito eligiera, y él las eligió alrededor del Nahuel Huapi donde donó las tres de ellas que no vendió para construir el primer parque nacional.
Si bien es cierto que gastó mucho de su propio peculio en solidaridad y en escuelas y que a la fecha de su muerte su fortuna estaba repartida o gastada, nunca fue realmente pobre ya que tenía atrás una familia que lo acompañaba, y tampoco murió olvidado, ya que su funeral fue uno de los acontecimientos en aquel noviembre del 19.
Según Walter Delrío, historiador del Conicet y la Universidad Nacional de Río Negro, el trabajo del perito se centró en registrar meticulosamente datos sobre los pueblos indígenas que encontraba en el camino, lo que le trajo tantas amistades como enojos con las tribus. Los apuntes que lo sobreviven son un notable testimonio de la travesía: revelan gran precisión en cuanto a la cantidad de guerreros y armamentos y las actitudes ante el gobierno central entre otros temas.

Límites y antartida

En la década del 70 el diferendo limítrofe con Chile, y las pretensiones del país trasandino, de anexar la Patagonia Oriental empezaron a tomar impulso. En julio de 1874, el Ministro de Relaciones Exteriores, Dr. Carlos Tejedor encomendó a Moreno una nueva misión de exploración en la Bahía Grande de Santa Cruz, donde los chilenos habían levantado un caserío. A partir de ese momento, las misiones del perito Moreno tendrían por objeto tanto asegurar la soberanía argentina, como fines científicos.
Argentina obtuvo cuarenta y dos mil kilómetros cuadrados en disputa, a lo largo de toda la cordillera. Fue tan determinante su labor, que el propio Sir Thomas Holdich, el árbitro inglés, le dijo: «todo cuanto gane el pie argentino al oeste de la división continental se deberá enteramente a usted». Su intervención fue crucial, también, para que los colonos galeses de la Patagonia aceptaran y prefirieran vivir bajo la soberanía argentina.
Para realizar su tarea pericial, Francisco Moreno tuvo que viajar incansablemente entre Argentina, Chile y Europa, pues las conclusiones de su trabajo sirvió de base a los fallos arbitrales británicos ue dieron la razón a nuestro país en la disputa fronteriza que continuò hasta el regreso de la democracia en 1983.
Una década después, autorizado por el presidente Roca, el perito Moreno interviene con el gobierno británico y consigue que el ministro W. H. Haggard ceda gratuitamente a la Argentina las Islas Orcadas del Sur. Pocos meses antes, un navío escocés había instalado un pequeño observatorio meteorológico en la isla Laurie. Así fue cómo el perito Moreno consiguió que, en enero de 1904, el pabellón nacional fuera izado, por vez primera, en la Antártida, en reemplazo del escocés.

La mirada de bayer

Para Osvaldo Bayer, Francisco Pascasio Moreno no tenía nada de progresista para la época, como cierto sector de la «biblioteca» insiste en sostener. «Él culmina su vida fundando nada menos que la Liga Patriótica Argentina, que fue una organización absolutamente fascista creada para luchar contra los obreros, contra los dirigentes obreros que pedían las 8 horas de trabajo», opina el periodista.
Además «hay que leer sus libros, los términos racistas que emplea el señor perito Moreno. Cuando di una conferencia acá en el museo, dije que era lamentable su racismo con los mapuches. Hay que ver cómo describe la forma de vivir de los mapuches. Él termina diciendo que los mapuches tienen cara de sapo. La directora de aquel tiempo me interrumpió para decirme que yo ignoraba que era la época de Darwin, quien decía que el hombre descendía del mono y por eso la comparación. Yo le contesté: ‘ahora entiendo muy bien. Claro, el hombre desciende del mono y el mapuche desciende del sapo, según el perito Moreno’. Hubo una gran carcajada pero nunca más me invitaron». Por otro lado, Bayer encuentra objetable que el «héroe cívico más grande los argentinos» se haya dedicado «a fundar fronteras». Ese hecho «habla de la pequeñez de su mentalidad cuando ya Bolívar -fíjense qué grandeza- había hablado de los Estados Unidos de Latinoamérica. San Martín y O’Higgins jamás hablaron de fronteras entre Chile y Argentina. Y el perito Moreno hace el gran negocio, porque donde hay fronteras se necesita un ejército bien armado».